elblogdelospicotazos

La Vida después de la Muerte 1

July 28, 2019 Óscar Soria González

microcuento, los ahoras, escritor, relato, más allá, vida, muerte, cuento,
¿Qué crees que ocurre después de la muerte? 
A pesar de todos nuestros avances científicos y filosóficos esa sigue siendo una gran incógnita que solo la fe ciega ha sido capaz de "responder".
Esta pregunta, junto a la antología "Sum, forty tales from the Afterlifes", ha sido la que me ha inspirado a escribir unos cuantos relatos cortos que hablan sobre posibles alternativas del Más Allá. 
Esta es una posible respuesta :)
LA PRUEBA DIVINA

Lo primero que descubres al abrir los ojos, después de muerto, es que nada parece haber cambiado.

    Te incorporas de tu misma cama deshecha. Miras el móvil que está cargando en la mesita de noche. La contraseña sigue siendo 4321. Por la ventana entra la misma luz, observas el mismo paisaje. Te levantas y vas al baño. Te miras en el espejo y tienes el mismo aspecto. Pero notas que algo extraño está pasando. Sientes que has tenido el sueño más reparador de tu existencia, y empiezas a tener conciencia de que es debido a la muerte. De pronto comprendes, sin alteración ni horror, que acabas de fallecer. Recuerdas el momento exacto, la forma, y esa sensación de caída al vacío que asociaste inequívocamente con tu defunción.

    Entonces… ¿qué es esto? ¿No hay cielo ni infierno? ¿No hay reencarnación? Piensas que tal vez sea un día de la Marmota, y que estás destinado a revivir una y otra vez el día de tu muerte. Las últimas palabras que le dijiste a cada persona que viste por última vez. O peor, las que no dijiste. Las llamadas sin responder. Las propinas sin dejar. El helado sin comer. Por un momento te replanteas toda tu vida con un escalofrío por la espalda, analizando tus decisiones generales para ver si has sido un pecador que merezca ese castigo.

    Reflexionas todo esto mientras terminas de mear, y al tirar de la cisterna, los ojos se te abren como compuertas y te relajas súbitamente. Acabas de comprender que, el hecho de ser consciente de que estás muerto te permite cambiar el rumbo de tu último día.

    Nunca tirabas de la cadena. ¡Eso es nuevo!

    Comienzas a vestirte vanagloriándote con todos los recuerdos de buenas acciones a los que puedes acceder. Al final mereció la pena darle limosna a ese vagabundo, ayudar a esa señora a cruzar la acera y definitivamente aprendes el funcionamiento moral del universo al caer en la cuenta de que las mentiras piadosas puntúan de forma positiva en la balanza divina.

    Tu día se desarrolla con una normalidad abrumadoramente feliz. Una y otra vez. Solo que, en cada nueva repetición, haces pequeños cambios (nada drástico, por ahora), aprendes a fijarte en diferentes detalles y actuar en consecuencia para hacer que tu último día sea perfecto.

    Vas a trabajar con una sonrisa porque sabes ya que es el último día y de repente sientes una profunda ternura por el solitario conserje del edificio, así que te detienes a charlar un rato con él. Dejas de coquetear con la guapa chica que te sirve el café todas las mañanas porque por primera vez te causa más felicidad el hecho de no provocarle daño a tu amada que cualquier riña que pudierais tener.

    Al final de cada jornada mueres de nuevo, y te sorprende no experimentarlo como un suceso desagradable. Hay dolor. Hay un instante de terror. Pero ahora tienes la confianza absoluta de que hay algo detrás de la muerte, y eso hace que el dolor sea solo una mera sensación física. Que el terror sea una simple emoción incontrolable. Los percibes como si no fueras tú quien está sufriéndolos. Y en cierto modo, así es.

    El orgullo de haber logrado un último día perfecto empieza a ser lentamente reemplazado por un soberano aburrimiento de la perfección. Es imposible que todo tenga un final feliz para todo el mundo, pero tienes la certeza de haber hecho todo lo posible. ¿Por qué entonces no eres feliz? La ansiedad se apodera de tu pecho. Cada mañana quieres hacer todo más deprisa para que llegue pronto el momento de morir. Odias la rutina. Incluso aunque sea una rutina de perfecto gozo. Y en tu mente surgen pensamientos oscuros, hasta que una buena mañana no aguantas más, sientes que no puedes ser castigado de ninguna manera y decides cambiar el rumbo de los acontecimientos.

    De pronto, y por primera vez, haces todo tal y como te apetecería realmente haberlo hecho tanto en tu vida, como en esa repetición infinita del último día. Te sientes confiado para dejar rienda suelta a tus impulsos más puros, sean morales o no.

    Te levantas tarde, meas por todo el cuarto de baño al darte cuenta de lo que has odiado toda tu vida tener que apuntar al mear. Te lo tomas como un signo más de las restricciones del mundo, una negación de tu libertad como ser humano.

    Le dices al conserje lo que de verdad piensas sobre él. Luego, te abalanzas sobre la chica del café, estalla la tensión acumulada. Te sientes pletórico. Libre de las ataduras sociales. Sin pensar en el antes o el después. En repercusiones ni consecuencias. Absorbido por la realización de las auténticas tentaciones primarias en el aquí y ahora. El resto del día discurre de la misma forma, y cuando llega el momento de tu muerte, te envuelve por primera vez un sentimiento de paz interior.

     Al morir, sientes que lo mereces, y eso te hace feliz.

    Despiertas en un nuevo día, pero ya no estás en tu cama. Se ha roto el bucle. Ante ti está la misma Creación.

    ―¿Dónde estoy? ―preguntas.

    ―En el Juicio ―contesta la Creación, con calmada voz sobrenatural―. Admiro tu honestidad. Has terminado en la mitad de tiempo que la mayoría. Normalmente, les cuesta un par de milenios sacar a relucir su verdadera esencia. Se avergüenzan de ella.

    Tragas saliva. 

    ―¿Voy… voy a ir al Infierno? ―te atreves a preguntar.

    ―¿Por qué? ¿Por actuar según tu naturaleza? ¿Por librarte de tus constructos sociales? No. En la Tierra actual, abrazar la propia esencia suele provocar algún acto "malvado" o "criminal" según vuestros propios estándares (no los míos).  Y lo peor es que, a partir de ese acto, la sociedad recrimina y condiciona la conducta de ese individuo por un evento aislado y no por su verdadera esencia.

    ―Pero, si todos siguieran sus impulsos primarios viviríamos en la anarquía, ¿no? ―podrías preguntar.

    ―Al principio quizás, sí. Se necesitaría de un tiempo para el reajuste cognitivo y emocional. Y de todas formas, ¿quién os ha dicho que Yo premie una sociedad ordenada y sumisa? ¿Quién os ha dicho que Yo valore la moderación por encima de la intensidad? Esos son pensamientos mortales. A mí no me importan las acciones, me importa la Auténtica Esencia, y lo fiel que se ha sido a ella durante la vida. Al morir, tenéis una última oportunidad. Esta es la verdadera prueba. Y tú, amigo, la has superado.

 

Óscar Sorialez.

¡Espero que os haya hecho reflexionar, reír, llorar o gritar! Seguiré subiendo más cuentos sobre "posibles Más Allá" y otros escritos tanto aquí como en mi instagram @oscar.sorialez

Mientras tanto, si queréis seguir leyendo algo de esta pluma, podéis conseguir tanto aquí, como en Amazon, mi última novela, "Te prometo que no soy un Evolio".


 



Publicación más antigua



Dejar un comentario